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De la falacia del origen de los tiempos
El origen de los tiempos es una metáfora, con la misma se podría explicar el origen de un presente de insatisfacción, podría explicar un problema presente, en fin, el origen de los tiempos es la ilusión, la fantasía de justificación de una problemática presente.
En el origen de los tiempos, se presenta en el hombre como una propensión a hurgar en el pasado para encontrar las justificaciones de su presente. Sin esta pretensión, no existiría la ciencia histórica o el psicoanálisis o tal vez existen dentro de las mismas una estructura subyacente que afirma todo lo contrario.
¿Qué fantasía se esconde tras iluminar la oscuridad de los orígenes de los tiempos?
¿Sigue nuestra mente un proceso lógico de causa y efecto, donde el efecto presente es el producto de una causa escondida en algún lugar del pasado?
El filosofó de konigsberg atenta contra la idea de causa y efecto de Humé, en ese discurrir de sus diálogos internos con el filósofo británico, llega a una idea interesante, que la puedo resumir de esta manera “la mente construye, construye y su materia prima son los hechos”
Y para construir primero se deben producir ladrillos. Los ladrillos de los hombres son sus emociones, sus pensamientos que construyen en un punto vacío “el origen de los tiempos” el edificio de argumentos que justificara su morada en el presente. Su morada, su cuerpo de creencias es un edificio que se construye con todas las vivencias a lo largo de su vida y la obra se realiza en un pasado lejano donde nadie puede sospechar de su insustancialidad.
El hombre edifica sus creencias desde el presenta hacia el pasado, sus creencias presentes le dan sentido a toda su vida, el viaje hacia el pasado termina en los orígenes de los tiempos, donde se instalan las bases de ese enorme edificios de justificaciones internas. Lo irónico de esa obra arquitectónica es que se cimienta en el más oscuro fango, recuerdos borrosos, emociones huérfanas de hechos.
Y así el hombre ha venido a este mundo para contarse una historia, olvidarla y recordarla como una verdad absoluta, de esas que se dan la vida para justificarla.

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